Tuve la posibilidad de ver a una misma banda en dos lugares diferentes, en menos de un mes. La primera oportunidad fue el 8 de febrero en la ciudad de Rosario, Nonpalidece se presentó en River Sound, un complejo que está a orillas del Paraná. El escenario estaba al aire libre y la noche era perfecta para disfrutar de un recital. El grupo se hizo desear bastante pero eso no parecía molestar a ninguno de los presentes -me refiero a que la gente normalmente se empieza a impacientar y chiflan, gritan, aplauden, etc.- Cuando se apagaron las luces y Mr Néstor y sus extensísimas rastas salieron a escena, se sintió un poco más de entusiasmo por parte del público (¿o debería decir de “el aguante”? -leáse aguante como esos fanáticos que los siguen a todos lados-). Como sea, apenas terminó el primer tema me di cuenta del estado del cantante, pasadísimo de faso o lo que sea que consuma. De hecho, creo que no era sólo él, era la banda entera que iba a un ritmo lento, como que la estaban re flasheando entre ellos y nos estaban dejando a todos nosotros afuera. Era muy relajante y con el cansancio que yo tenía a cuestas por el viaje -había llegado ese mismo día- todo parecía darse como sobre una nube verde. En la lista de temas predominaron aquellos que están en el último disco de la banda y escasas canciones de los anteriores. Por otro lado, el público parecía demasiado tímido para la ocasión. Me imaginaba que, como la banda no rumbea para esos lados normalmente, iba a haber mucho agite contenido y ganas de moverse. Pero no. Ni siquiera cuando sonaba La Flor, que es el tema en el que el himno de la banda se hace oír, la gente se exaltó. Se escuchaba un lejano “Y dale, dale Nonpa”, mientras el líder se quedaba quietito en el escenario sin pegar los saltos que da habitualmente. En cambio, el pasado sábado 23, fui a El Teatro de Flores a verlos de nuevo. Lo voy a decir brevemente: fue una fiesta. Por empezar, la impuntualidad sí impacientó a la masa. Tocó una banda soporte que alargó la espera y logró que el cantito y los chiflidos se repitieran reiteradas veces para que, de una vez por todas, saliera Nonpa a tocar. La energía que hubo durante todo el recital, fue la que le faltó potenciada por veinte al anterior. El ritmo era mucho más acelerado y se notaba que la banda estaba en la misma sintonía con el público, que tenía sed de reggae. Desde mi posición privilegiada, es decir sobre un escaloncito porque soy bajita, veía como todos se movían de un lado para el otro y escuchaba cómo coreaban las canciones al mismo tiempo que agitaban los brazos. Había muy buen clima y a diferencia del recital en Rosario, hicieron una lista de temas más equilibrada que mechaba lo nuevo con lo viejo. El cantante bailó desaforadamente y habló con los presentes, cosa que no ocurrió el 8. Probablemente, le pegó para el otro lado o lo combinó con otras sustancias. De cualquier modo, todos íbamos al mismo paso y en los momentos que ameritaban el agite, así se dio. No me fui disconforme del recital que dieron en Rosario porque suenan bien de todas maneras. Lo que faltó, más allá del estado de la banda, fue una buena respuesta del público, que para mí es fundamental. En Flores, además de que la banda salió con otra actitud, la gente respondió mejor y supo intercambiar esa buena vibra con Nonpalidece.
Pusimos un pie en la ciudad del Negro Fontarrosa con la gota gorda recorriendo nuestras frentes porque el micro pedorro en el que viajamos parecía no tener aire acondicionado. Tenía, pero los nobles choferes no se dignaron a prenderlo y luego de tres horas y media de viaje ya respirábamos el dióxido de carbono exhalado por los otros pasajeros. Afortunadamente, después de una bocanada de oxígeno, nos esperaban unas ricas milanesas con ensalada rusa y una buena lavada de cara en lo de la tía Laura y el tío Luis. En realidad, son los tíos de Ana, pero los adoptamos como los nuestros. Recorrimos, bastante. Caminamos, bastante. Me di cuenta que cuando uno está en una ciudad que no conoce se sorprende con cosas estúpidas como los nombres de los locales o busca similitudes con la gran Ciudad de Buenos Aires. En vano, porque nadie registra ese tipo de comentarios. Nos detuvimos en un cafecito del mini Puerto Madero que está en la costanera y me saqué las zapatillas. Qué placer. Hacía calor, estaba húmedo, pero al lado del Paraná corría un viento refrescante. La bebida fría repuso energías y volvimos para asearnos e ir a buscar a Sabri a la terminal, ella llegaba más tarde. Momento de una cena compuesta por panchos rápidos porque se hacía tarde para ir a ver a Nonpalidece a un complejo cerca del río, en lo que llaman La Florida -que no tiene nada que ver con nuestra transitada y caótica peatonal sino que es una zona llena de playitas y bares o boliches, el epicentro de la juventud-. Después de mucho reggae y mucho “y dale dale Nonpa” (un poco tímido, parece que a los rosarinos no les va el agite) paramos en un bar a bajonear una pizza con papas fritas y cerveza. Basta para mí, basta para todos. El sábado nos recibió con un riquísimo asado y con planes de seguir recorriendo. Pero lo interesante vino a la noche, cuando nos rebotaron en el boliche top por un patovica necio que no entendía que la denuncia de pérdida del DNI es también una identificación, provisoria pero identificación al fin. Terminamos en un “barliche” de La Florida. Y fue aquí donde se nos presentó la complicación. Resulta ser que en la ciudad cuna de nuestra bandera nacional, los transportes públicos por la noche funcionan pero para el traste. Los porteños estamos muy mal acostumbrados, a lo sumo habrá que esperar media hora, pero a las 5.30 o 6 de la mañana siempre pasa algún bondi que, aunque sea, te acerca al barrio. Sin embargo, conseguir un taxi a la salida de algún lugar en esa zona de Rosario es casi una odisea porque hay pocos y pasan todos ocupados. Además, los escasos colectivos que hay no paran, lo que genera gran irritación en los adolescentes pasados de alcohol y euforia. Caminamos muchísimo, sin rumbo definido, siguiendo a la gran masa de gente que no tiene la suerte de tener algún amigo con auto y terminamos en una avenida, vaya a saber uno dónde, plagada de adolescentes, esperando a que algo nos parara. Pasaban taxis vacíos y colectivos poco cargados de adultos, que ciertamente no volvían de bailar. Pero nada, che. La gilada se empezaba a impacientar y se complotaban para cortar la calle e impedir el paso. “¡Éste para o para!”, gritó uno y todos lo siguieron con aplausos y alaridos. El 35/9 cambió de carril y pasó haciendo pito catalán pero un flaco enfurecido se colgó del estribo y enloqueció, cual simio, exigiéndole al chofer que le abriera porque, de lo contrario, le rompía todo. Dicho y hecho, le pegó una patada al vidrio de la puerta y lo astilló todo. A todo esto ya hacía fácil una hora que estábamos a la deriva. Finalmente, nos movimos hacia una esquina más adelante, lejos de las paradas de colectivos y de los chimpancés coléricos e hicimos señas a todo tipo de transporte hasta que un tachero generoso nos paró, a riesgo de ser acorralado por todos los que venían corriendo. Y he aquí el problema número dos: éramos seis. El intercambio de palabras con el hombre se desarrolló en tiempo récord y accedió a llevarnos. “Pero les va a salir el doble, eh. Como si se tomaran dos taxis”, aclaró y nos contó que no suelen subir a los jóvenes por el tema de la inseguridad y porque están todos “atacaditos” cuando termina la noche. Llegamos, apretujadas pero llegamos y, sin dudas, fue el viaje en taxi más caro de mi vida. Menos mal que el precio final se dividió en seis, de otra forma, el domingo hubiéramos tenido que volvernos a dedo a nuestra querida Ciudad de Buenos Aires, que para muchos será una mierda, pero para mí es bastante cómoda.
¿A qué mujer no le gustan las carteras, bolsos y bolsitos? Si fuera posible, tendríamos una de cada color, modelo y tamaño para combinar... Pero ese privilegio pertenece sólo a las más famosas o adineradas, en cuyos hogares estos accesorios ocupan una habitación entera. Y claro que no se trata de carteritas de cuerina que venden en el Todo x Dos Pesos. No. Son carteras de diseño que, en la mayoría de los casos, valen más de 1500 dólares cada una. Suena muy poco accesible para una mujer argentina de clase media... Por eso, surgió esta avivada bien argenta. Es Flashy Diva's, un portal de internet que alquila (sí, ALQUILA) carteras Louis Vuitton, Dolce & Gabbana, Dior, Chloé, Escada, Gucci y Carolina Herrera, entre otras. Es un servicio bastante sencillo: hay que registrarse, completar un formulario, elegir la cartera y te la envían. El alquiler, es por 3 o 7 días y hay para elegir entre modelos clásicos o de fiesta. Los precios van desde 100 hasta 520 pesos, dependiendo de la cartera y del tiempo de alquiler. Ahora bien, si alquilás una de estas procurá no hacerle ni un rasguño, mucho menos perderla. Los costos por daños van desde 400 hasta 600 pesos y, en caso de pérdida, habrá que poner entre 1800 y 5800 pesos!! Me pareció un servicio un tanto ridículo. En mi opinión, no vale la pena gastar esa cantidad de plata en una cartera que vas a tener por 3 días, es un despropósito. Prefiero ahorrarla y gastarla en otra cosa y el día que me sobren billetes me compro una que sea mía, solo mía y no huela a usada.
Y más de la mitad de la gente que se enteró de esta noticia ni sabe quién joraca es Gaby Alvarez... Pero todos sabemos que el morbo vende y más aún si involucra a alguien del Jet Set.
En un intento de retomar el ritmo de Pancitos, subo esta entrevista que le hice a mis amigos rionegrinos que viven y estudian en nuestra ciudad. Fue hecha para el trabajo final de la materia "teana" Taller I.
Ignacio Zeppilli y Manuel Reyes nacieron y vivieron toda su infancia y adolescencia en la ciudad de Cipolletti, en la provincia de Río Negro. No quedan dudas de que llevaron una vida al aire libre, muy distinta a la de un chico de departamento. Pero cuando llegó el momento de salir del cascarón y elegir una carrera para definir su futuro, se vieron en la encrucijada de quedarse en el nido, donde las posibilidades eran escasas, o volar a la gran Ciudad de Buenos Aires alejándose de todo y de todos. -¿Por qué decidieron venir a Buenos Aires? -Porque en Cipolletti o Neuquén no estaba la carrera que yo buscaba. Venir a Buenos Aires no fue mi primera opción, intenté con informática en mi provincia y no me gustó. Además, ahora creo que en cierta forma quería irme, cambiar de entorno. (Manuel) -Yo cuando terminé el secundario sabía que iba a venirme, pero a Lanús porque le escapaba al quilombo de la ciudad. Pero empecé ingeniería en Cipolletti y dejé. Cuando me enteré que mi hermana se venía, estaba estudiando cocina allá y no estaba conforme con el nivel de la escuela, entonces aproveché. Además la salida laboral es mucho más amplia. Acá hay más posibilidades y las universidades en general son mucho mejores. (Ignacio) -¿Con qué expectativas vinieron? -Antes de venir, sabía que acá tenía a algunos de mis amigos y en ese sentido estaba tranquilo porque al menos iba a tener compañía. En cuanto a la carrera (Artes Multimediales en el IUNA) me entusiasmé porque era lo que me interesaba, es una carrera que integra cosas de imagen y sonido y en mi provincia directamente no existe. En realidad ni pensé en el nivel de las escuelas como Nacho, me mandé porque era eso lo que quería hacer. No me quedaba otra opción que estudiar acá. (Manuel) -Cuando vine no sé si mis expectativas iban por el lado de la carrera, porque yo sabía que venía a estudiar y me iba a volver. Nunca me gustó mucho Buenos Aires, vine para tener la oportunidad de estudiar en un lugar con mejor nivel. Llegué para estudiar cocina y como me dejaba mucho tiempo libre, empecé con cine. Yo creo que una de las expectativas más grandes también es el tema de independizarte, irte a vivir solo a otra ciudad sabiendo que la única gente con la que vas a tener un contacto directo son tus amigos y no tu familia. (Ignacio) -¿Sintieron miedo antes de venir, por no saber de qué se trataba vivir en una gran ciudad? -Más que miedo hay intriga antes de llegar. Querés saber cómo funciona todo y cómo es la gente. No tuve miedo de no adaptarme o perderme, por suerte no me pasó (Ignacio) -Tenía más miedo a aburrirme que otra cosa, por el tema de que iba a vivir solo en un departamente chiquito, pero después me compré unos jerbos y lo solucioné (risas). (Manuel) -¿Cuánto influyó el tener gente conocida ya viviendo en Buenos Aires? ¿Se hubieran venido igual? -No sé, probablemente no. No es tan fácil relacionarse cuando venís de otro lado. (Manuel) -Sí, porque vine con mi hermana y en definitiva iba a estar con ella al menos. Igual no me hubiera molestado venirme solo, tampoco tenía miedo de conocer gente en la universidad y hacer amigos nuevos. Pero eso no fue algo determinante porque sabía que iba a tener a alguien. (Ignacio) -¿Cómo es vivir lejos de la familia? -A mí me pasó que me acostumbré a no extrañar desde antes de venirme. Ya se habían ido mis hermanas y algunos amigos y convivía con eso. Y cuando me fui, no fue tan grave porque siempre está el teléfono y además sé que en las vacaciones vuelvo. No me hago mucho problema. Incluso está bueno porque cuando pasás tanto tiempo lejos de alguien, cuando te reencontrás aprovechás mucho mejor. (Manuel) -Yo no sé si es que aprendí a no extrañar pero, en realidad, nunca fui de extrañar demasiado y necesitar el apoyo familiar. Disfruto de la misma manera estar solo que estar con todos mis seres queridos. Por otro lado, sé que siempre voy a volver. Cuando puedo voy, además paso las vacaciones allá y estoy con mi gente. Quizá es un poco por eso, si supiera que no puedo volver seguramente sería mucho más duro. (Ignacio) -¿Cómo es la gente de Buenos Aires? -Hay de todo. El rasgo característico que se ve es que la gente de Capital es mucho más cerrada, no te prestan mucha atención, está cada uno en lo suyo y si te hablan lo hacen por las obligaciones y nada más. Igual siempre hay excepciones, claro. En comparación con la gente del interior creo que no varía, lo que pasa es que como acá hay 8 millones de personas y en Cipolletti hay 100 mil, en Buenos Aires las características de las personas se ven mucho más porque conocés mucha más gente y más actitudes que en tu ciudad. (Ignacio) -Lo que noté es que se vive otro ritmo de vida que genera que la gente se detenga menos ante determinadas cosas, que se dejen de sorprender y se hagan más indiferentes. Se hace todo más acelerado. (Manuel) -¿Es fácil acostumbrarse al ritmo de vida de Buenos Aires? Siempre se dice que en el interior hay más tiempo libre. -Puede ser que sea así. En Buenos Aires hay un montón de cosas que te consumen mucho tiempo: tenés que hacer colas de una hora, querés ir a visitar a un amigo y estás 40 minutos arriba de un colectivo, etc. Entonces hay un montón de tiempo que se desperdicia y en lo que te queda buscás un espacio para hacer lo que te gusta, además de las obligaciones, y ese tiempo queda reducido por lo que tenés que andar a las corridas. En ciudades más chicas hay más tiempo libre y estás más relajado. (Ignacio) -¿Se nota la diferencia cuando se cambia el ritmo de vida? -No lo noté en mí, lo noto en otra gente porque yo no adopté el ritmo de vida de acá, sigo a mi paso. (Ignacio) -Muchas veces hay que adaptarse. Vivo por el centro y ese aceleramiento del que hablamos se ve mucho, pero yo no voy a esa velocidad porque tampoco tengo tanto para hacer. Igualmente hay días que no queda otra que apurarte. (Manuel) -¿Cómo es el tema de la salida laboral en su ciudad? ¿Hay un buen mercado laboral? -Yo creo que hay posibilidades, igual está Neuquén cerca que es una ciudad más importante. Claro que hay menos salida laboral, pero algo se encuentra. Igual todavía no sé si me voy a quedar acá a vivir o si me vuelvo cuando termine la carrera. (Manuel) -Coincido. El año que viene me vuelvo y probaré suerte. (Ignacio) -Hay muchos chicos que vienen del interior a estudiar sin un peso, es una realidad que en cierta forma entristece. ¿Cómo es su caso? -Nosotros corremos con la ventaja de que vivimos de la plata que nos pasan nuestros viejos. Pero nos pasa que llega fin de mes y todo lo que te habían mandado te lo terminaste patinando y estás viviendo con 10 pesos durante 5 días. O se te acaba la plata el viernes y el sábado no se te acredita más y pasás el fin de semana seco. Más que ser un problema, molesta, pero así aprendés a administrar la plata a la fuerza. (Ignacio) -Yo no soy de llevar cuentas pero a veces me pongo a pensar y no me acuerdo en qué gasté tanto. En las ciudades todo te incita a comprar porque hay más cosas, más oportunidades. La plata que me mandan a mí tiene que rendir para todo. Además, la comida cuando estás en tu casa no cuenta, porque está siempre en la heladera, pero a la hora de vivir solo representa un gasto más. (Manuel) -No sé qué tiene Buenos Aires que gastás mucha más plata. El dinero se va más fácil. Sacando la plata de los gastos, la comida y las necesidades básicas, gasto más plata acá que en Cipolletti y no sé en qué se va tanto. Estar en una ciudad te hace más consumista. Además, es más caro vivir acá porque por ejemplo contás con el delivery, que es una comodidad que consume más plata. También el transporte representa un gasto, en Cipoletti nos manejamos en auto o caminamos o vamos en bici. (Ignacio) -Finalmente, ¿se cumplieron sus expectativas? -Si una de las expectativas que yo tenía era conocer Buenos Aires, tratar con la gente y conocerla y aprender a manejarme solo en la ciudad, en ese sentido estoy más que conforme porque se aprende un montón. En cuanto a las universidades también, porque estaba buscando un nivel universitario mejor y lo encontré. Además la cantidad de oferta de carreras y cursos es increíble, podés elegir lo que quieras. (Ignacio) -Con respecto a bancarme solo, sí, se cumplieron mis expectativas porque creo que aprendí algo. Pero la carrera no completó mis expectativas. (Manuel)